Estábamos llegando al barrio pobre de la ciudad. Stephen's Street empezaba bien, pero a partir del número 200 ya todo eran pisos baratos, que más adelante se transformaban en chabolas de un solo piso, cada vez más ruinosas. Por el 300 la cosa aún se aguantaba un poco. Había algunos coches frente a las casas, casi todos de la época del Ford-T. Aparqué el coche de Dex frente al número que él me había indicado [...]. Dex subió los dos escalones de la entrada, situada a un lado de la casa. Tocó el timbre, y vino a abrir una negra gorda. Sin decir palabra, nos volvió la espalda, y Dex la siguió. Yo cerré la puerta detrás de mí.
Al llegar al primer piso, la negra se hizo a un lado para dejarnos pasar. En una habitación de pequeñas dimensiones había un sofá, una botella y dos vasos, y unas chiquillas de once a doce años, una pelirroja gordita y cubierta de pecas y una negra que parecía ser la mayor de las dos. Estaban sentadas, muy modositas, en el sofá, vestidas ambas con una camiseta y una falda demasiado corta.
- Estos señores os traen dólares –dijo la negra–. Portaos bien con ellos.
Se marchó y cerró la puerta. Miré a Dexter.
- Desnúdate, Lee –me dijo–. Hace mucho calor aquí.
Se volvió hacia la pelirroja.
- Ven a ayudarme, Jo.
- Me llamo Polly –dijo la niña–. ¿Me dará usted dólares?
- Claro que sí –repuso Dex.
Se sacó del bolsillo un arrugado billete de diez dólares y se lo dio a la niña.